La enfermedad y el sexo

Han tenido que pasar muchos siglos para que entendamos que la sexualidad es parte intrínseca del comportamiento humano y de una vida saludable. Y unas cuantas décadas más para que entendamos que la actividad que se suspende a los sesentaicinco es la laboral.

Pero, ¿qué ocurre cuando uno de los miembros de la pareja está aquejado de Alzheimer? Pues ocurre que surgen mil y una dudas. Y ocurre que nos toca dar un paso más en la espesura hacia el olvido, acompañando y apoyando a esa persona a la que queremos y que parece (¡sólo parece!) haber dejado de amarnos.

Para que ese paso hacia el negro de la memoria sea algo menos traumático, es interesante seguir una serie de pautas, que recomienda desde su página web la Fundación Alzheimer España, en cuanto a la vida sexual:

Unos consejos importantes

Para empezar, deberíamos intentar mantener la mayor normalidad posible y seguir, en este aspecto, como hasta ahora, siempre que se pueda. De hecho, y si era habitual que la pareja durmiera en la misma cama, debería seguir haciéndolo mientras pueda.

Vamos a observar cambios en el comportamiento y en el deseo sexual del enfermo: no es desamor, sino enfermedad. Otra de las cosas que van a suceder es que el enfermo va a mostrar comportamientos sexuales inapropiados en público: estemos preparados y tengamos paciencia.

Y un quinto y último recordatorio: pensemos en esa persona como realmente es, no en lo que la maldita enfermedad está haciendo de ella.

Dudas razonables y habituales

Ofrecidas estas cinco pautas, la fundación responde a una serie de dudas muy frecuentes entre los cuidadores sobre este aspecto. La primera, la más genérica, se refiere a las consecuencias que la enfermedad tiene sobre la vida sexual. Y la respuesta es que se pierde la motivación por el sexo en sí, aunque, de forma extraordinaria, en algunos pacientes puede ocurrir lo contrario:

Es fácil que quien sufre un aumento desmesurado del deseo se toque en público, acose al cuidador, incluso pregone sus deseos de contratar servicios de acompañantes. Ocurre que el enfermo de Alzheimer sigue teniendo necesidades y deseos sexuales, pero al perder su orientación y sus inhibiciones, los manifiesta como, cuando y donde no debe.

Deseo… de cariño

En todo caso, estos cambios, más que con las condiciones físicas, están relacionados, por lo que parece con un déficit emocional, la menor actividad y los cambios del humor. Es una enfermedad, no desprecio ni desamor.

Como remedio, es bueno tocar a esta persona, acariciarla, abrazarla… Transmitirle afecto a través del roce. De esta forma, se va a tranquilizar y a sentir que quien la cuida, a la vez, la ama.

No dejar de disfrutar del sexo

Otra pregunta, esta más concreta, se refiere a si es conveniente dejar de mantener relaciones íntimas con esta persona, a lo que desde la Asociación Alzheimer España responden con un tajante no: si dos personas se quieren y se de desean, no hay motivo para que no mantengan relaciones. Y, una vez más: la pérdida del deseo no es desamor sino consecuencia de la enfermedad (sí, insistimos).

Sobre la conveniencia o no de dormir en habitaciones separadas, los expertos recomiendan que si la pareja tiene por costumbre compartir alcoba, siga haciéndolo mientras el insomnio, los despertares nocturnos y la agitación no lo imposibiliten.

Olvido de cuanto rodea al sexo en sí

El Alzheimer es una enfermedad “de bandazos”: ¿cómo debemos reaccionar ante los cambios en el comportamiento sexual? El enfermo puede haber olvidado cuanto rodea al sexo en sí: tiempos y ritmos; palabras, besos, caricias… El ritual formado durante años por pequeños acuerdos con la pareja. Puede incluso olvidar su rol de hombre o de mujer.

La pareja debe tratar de aceptar estos cambios y, en la medida de lo posible, satisfacerlos, siempre y cuando las demandas sean aceptables. El paciente no tiene mala intención, sino que actúa respondiendo a unos impulsos que es incapaz de controlar.

Momentos difíciles en público

¿Y en cuanto a esas manifestaciones inapropiadas en público? Recordemos que no es exhibicionismo, sino falta de filtros. Reaccionemos con calma, llevándolo a su habitación o a un lugar para que se vista o se ponga un pijama.

Es bueno que los testigos sepan por qué han visto a esta persona desnuda. Y si el paciente intenta tocar a un extraño puede ser signo de búsqueda de afectividad, más que de sexualidad, aunque también es posible que le haga a los extraños propuestas sexuales. Calma.

La reacción ha de ser la de hablarle con suavidad, calmarlo, acariciarlo y llevarlo de nuevo a su habitación. No debe regañársele: no sabe que está haciendo algo inapropiado. En su lugar, hay que ofrecerle una actividad de sustitución. Y, a la persona objeto del acoso, le explicaremos por qué ha ocurrido el capítulo.

Cuando no es afecto, sino instinto

Si esta persona se masturba se debe a que así tiene el placer garantizado. Si lo hace en la intimidad, dejémosle hacer. Si es en público, llevémoslo amable y suavemente a la habitación y demos las explicaciones oportunas a quienes han sido testigos.

También es posible que el paciente, ingresado en una residencia, busque tener relaciones con sus compañeros. Paciencia: no por eso ha dejado de querernos ni mancha el recuerdo (curiosa palabra, en un escrito sobre esta enfermedad) de quien era su pareja.

A propósito: hemos insertado, en el octavo párrafo, la referencia a que es posible usar servicios de acompañantes. No es un error ni creemos que sea una falta de respeto. Simplemente, venía a cuento. Al fin y al cabo allí trabajan mujeres, prostitutas de profesión. La puta, la verdaderamente puta, es esta enfermedad. Y lo que tiene en común con la prostitución, es que no todo el mundo la acepta o la entiende.